En busca del pastor Lee Jong-rak
La historia del pastor Lee y su esposa me conmovió profundamente, pero, sobre todo, me dejó una sensación poco habitual después de ver una película sobre una tragedia: esperanza.
HISTORIAS DE VIDA
Por Santiago Cruz Hoyos
7/28/20263 min read


La encontré en la sección de DVD de un supermercado, cuando todavía se vendían películas físicas. Me llamó la atención la portada: un anciano de cabello cano, inclinado con una mirada tierna sobre una especie de buzón donde alguien acababa de dejar un recién nacido envuelto en sábanas blancas. También me llamaron la atención los reconocimientos impresos en la caja: selección oficial de los festivales de cine Heartland, Portland, Social Justice, entre otros.
“Esta historia nos confronta con un verdadero héroe y su maravilloso ejemplo digno de ser imitado”, decía la carátula. Además, la película estaba en oferta. Un plan perfecto para un viernes en la noche.
El documental se llama El Buzón de la Esperanza y cuenta la historia del pastor Lee Jong-rak, quien abrió un buzón en la fachada de su iglesia, en Seúl, para que quienes, por distintas circunstancias —embarazos adolescentes, crisis económicas o malformaciones congénitas— decidieran abandonar a sus recién nacidos, pudieran hacerlo de manera anónima y sin condenarlos a morir en la calle.
Cada vez que alguien dejaba un bebé, generalmente en la madrugada, sonaba una alarma y el pastor se levantaba para recibirlo. Era la forma que había encontrado de enfrentar una tragedia cotidiana: los recién nacidos no deseados aparecían abandonados en parques, andenes o basureros. Muchos morían de frío. El promedio era de uno al día. A veces más.
El pastor Lee y su esposa aprendieron una lección con su propio hijo, quien nació con una discapacidad y permaneció hospitalizado durante 14 años. Entonces comenzaron a ver a los niños con síndrome de Down, enfermedades cerebrales u otras condiciones congénitas como “regalos del cielo”.
"Son los educadores de la sociedad. Ayudan a las personas a reflexionar sobre sí mismas y sobre lo afortunadas que son. Viven con sonrisas en sus rostros”, decía el pastor. No era una frase ingenua. La mayoría de los bebés que llegaban al buzón tenía algún problema de salud.
Vi el documental hace varios años y todavía lo recuerdo. La historia del pastor Lee y su esposa me conmovió profundamente, pero, sobre todo, me dejó una sensación poco habitual después de ver una película sobre una tragedia: esperanza. Pensé que, si existían personas como él, quizá el mundo todavía tenía remedio.
Mucho tiempo después, durante un conversatorio previo a la ceremonia de entrega de un premio de periodismo, esa sensación regresó. Jaime Abello, director de la Fundación Gabo, contó que, tras conversar con varios periodistas venezolanos, habían llegado a una conclusión dolorosa: mientras el país se derrumbaba en manos de Hugo Chávez, el periodismo había contado con rigor el desastre, pero había olvidado contar la esperanza. No se trataba de maquillar la realidad ni de ignorar los problemas. Se trataba de narrarlos sin perder de vista a quienes intentaban resolverlos; de defender la democracia, los derechos humanos y la paz mostrando también las personas y las iniciativas que abrían caminos.
Mientras lo escuchaba, saqué el celular y escribí una idea que apareció casi sin pensar: El Diario de la Esperanza.
Un medio de comunicación que no negara la complejidad de la realidad ni el dolor que atraviesa al mundo, pero que entendiera que la realidad también está hecha de quienes trabajan todos los días para transformarla. Un periodismo que contara los problemas, sí, pero también las soluciones; que investigara las injusticias sin olvidar a quienes luchan por corregirlas; que creyera que la esperanza no es ingenuidad, sino una forma de comprender el mundo en toda su dimensión.
Hoy, después de muchos años dándole vueltas a esa idea, El Diario de la Esperanza comienza a hacerse realidad.
Cada historia publicada será una forma de salir en busca del pastor Lee Jong-rak. No necesariamente del hombre que vive en Corea del Sur, sino de todos aquellos que se le parecen: personas anónimas que, lejos de los reflectores, dedican su vida a reparar un trozo del mundo. Porque siempre hay alguien intentando hacerlo un lugar mejor.
Y esas historias también merecen ser noticia.
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